martes, 28 de diciembre de 2010

Capítulo 12

El viejo me tocó el hombro en señal de que nos teníamos que ir de la habitación, me di la vuelta con lentitud, la vedad no es que tuviera muchas ganas de salir, pero no tenía ganas de quedarme en una habitación a oscuras con una piedra brillante.
-No está sola-repitió mi frase. No tenía lógica, de eso me había dado cuenta yo sola.
-¿Quién...-pregunté intentando no sonar desesperada. Solo lo intenté, porque creo que no me salió bien.
-No te interesa, te lo aseguro-dijo abriendo la puerta.
Parecía cansado, no paraba de frotarse el puente de la nariz y de dar cortos soplidos. Era la leche, era yo la que debía estar cansada, cansada de un mundo que no entendía, y lo único que me dan son negativas, era exasperante.
-Creo que si me interesa, todo esto me interesa-dije moviedo los brazos a mi alrededor-. Si no me interesara no estaría aguantando a una panda de monstruitos pesados que solo saben decir Él, Él...no sabeis hablar de nada más-por fin había explotado, solo necesitaba la chispa que hiciese saltatr varias explosiones en cadena.
Sus ojos parecieron estrecharse, en ese momento daba miedo. Un viejo sin pelo en la cabeza, solo con una gran barba er muy delgado casi esquelético, los huesos de las manos se le marcaban, unos ojos azules fríos y una naiz aguileña, si juntas eso más una habitación oscura...la verdad no es lo más bonito que te puedes encontrar.
-Nos hemos jugado mucho trayendote aquí, asi que ya nos lo puedes agradecer.
-¿Agradecer?, ¡estoy encerrada en un pasillo, dimensión o como lo quiera llamar!, ¡no se nada de el porqué estoy aquí! ¡¿y encima debo agradeceroslo?!-grité sin poder contenerme. Puede ser que me pasara un poco con eso de los mostruitos, pero estaba hasta las narices y lo único que faltaba es que me pidiesen agradecimientos por encerrarme.
-Estás encerrada porque tu vida corre peligro, pero si te quieres ir...coge la pueta y vete-dijo cabreado mientras salía de la habitación y dejando la puerta entre abierta.
No parecía que lo dijera en serio eso de irme, pero era una buena opción, irme sin que nadie me lo impidiese, no tenía nada que perder, ¿por qué no intertarlo?
Salí de la oscura habitación y salí a los pasillos, miré a todos los lados, ¿por donde ir?, una pregunta un poco tonta si pensabas que eso era un pasillo, pero si mirabas al extremo del pasillo se te quitaba esa sensación de estupidez, ya que solo vias como una nube de humo tapaba los extremos, no se veía el final.
Me arme de todas mis fuerzas y empecé a caminar en cualquier dirección. Todas las puertas que había eran como la de la habitación de Ninn, azules, algunas parecian más antiguas y otras más nuevas, parecía como si ese sitio creciese poco a poco.


El tiempo pasaba lentamente, no se si pasaron minutos o horas, pero estaba hasta las narices de andar buscando la salida sola en un puñetero pasillo, pero por fin ese extreña nube parecía disiparse y tras ella aparecía algo rojo. Contra más cerca estaba, la nube dejaba paso a una masa rectangular y roja.
-¡Una puerta!-casi chillé al ver un manillar asomando en esa nubecita gris.
¡Dios!, mi salvación, no me lo creía, había llegado al final de ese asqueroso pasillo. Me acerqué a la puerta y una gran rafaga de viento hizo que los bajos de mis pantalones campana se movieran. Apoyé la mano en el manillar, me daba igual lo que hubiera detrás de esa maldita puerta, me había tirado gran parte de mi preciado tiempo en ese pasillo.
La abrí, ¡dios!, una rafaga de viento me enmpujo hacia atrás, ¿qué era eso?, me enganché como pude a la puerta y miré en el interior de lo que yo suponía mi salvación, pero no, no me podía creer lo que estaba viendo, nada, una habitación blanca, menuda....
Entré en la gran habitación intentando vencer al viento, suelos y techos blancos, además de no parecer haber paredes, ni un mueble, ¿qué era esa habitación?, ¿para qué servía?
Miré cada rincón, o más bien lo que yo pensaba que era un rincon, nada, ni un alma, miré hacia arriba, me agache y comprobé que no había doble fondo en el suelo, incluso andé hacia lo que se suponía que estaban las paredes, iba con los brazos estirados hacia delante e iba de puntillas, con mucho cuidado y el máximo sigilo posible para que el suelo no se undiese bajo mis pies. Comprobé que no había paredes, que ese sitio no llegaba a ningún sitio. Me iba adar por vencida, pero de pronto una rafaga de aire me engulló hacia abajo. El suelo había desaparecido.
Chillé todo lo que pude y más, estaba asustada, por asi decirlo cagada. Llevaba los ojos cerrados, intentando no pensar en como moriria aplastada, como una cucaracha. De lo asustada que estaba, ni siquiera sentí como mis pies tocaban el suelo delicadamente.
¿Cómo...?, no habia echo paf contra el suelo, entreabrí un ojo y observé, el suelo era de baldosas blancas amarillentas y las paredes grisacias. No podía creermelo, yo no me había movido, yo solo había, ¿caido?
Abrí los ojos y miré a mi alrededor, una habitación pequeña, tipo despacho. Miré al techo, no había ningún agujero, ¿cómo coño había llegado ahí?, estaba dispuesta a averiguarlo. Me dirijí a la puerta con paso firme, pero al abrirla toda esa seguridad se fue al instante. Una gran sala vacía;oscura ,solo iluminada por la poca luz de las ventanas; con grandes estanterías repletas de libros; y mesas formando hileras entre las altas estanterias. ¡Ese sitio me sonaba!, ¡era la biblioteca!, y no cualquier biblioteca, sino la de mi pueblo.
La alegría me llenó de felicidad, todos esas tardes allí sentada leyendo. Recorrí la inmensa biblioteca a oscuras, me la sabía al dedillo: la colocación de las mesas, los libros...Me encantaba ese sitio, cada paso que dabas hacia resonar un incesante eco, cada libro escondía mil y una historias, era mágico.
Llegué a la puerta, situada al otro extremo de la sala, y empujé la barrita roja, ¡mierda!, estaba cerrada, ¿y ahora qué?, me sentí tentada de sentarme a leer algún libro, pero un ejercito de monstruitos me seguía, asi qué decidí buscar otra salida.

Me paseé por la biblioteca, el único sitio por el que podía salir era por la ventana. Me asomé, no era muy buena idea, estaba en el segundo piso y tenía que saltar, lo bueno que aterrizaría sobre cespe.
Pasé un pie sobre el marco y luego el otro, me quedé sentada en el alfeizar, intentando calmarme y diciendome a mi misma que todo podía empeorar.
Cogí aire y salté. Todo pasó muy rápido, de estar en el alfeizar a estar en el aire deseando que algo parase mi caida, algo blando y mullido. De pronto me sentí extraña, más confiada de lo normal, como si supiese que algo me pararía. La verdad el golpe no dolió tanto, fue como si me hubiese tirado de bomba a un colchón de agua, ¡¿un colchón de agua?!, miré sobre lo que estaba sentada, una gran cantidad de agua parecía haber formado un gran cojín mullido. Me levanté rápidamente, miré hacia todos los lados para ver si lo había visto alguién. No, no había nadie. Salí corriendo, no pensaba dejar que alguien me viera allí cerca de esa cosa.

Corria en dirección a mi casa, hasta que oí una risa a mi espalda. De pronto un rayo iluminó el cielo, seguido por un gran trueno que me hizo incrementar la velocidad.

Ya sabía quien era, como no, el gilipuertas ese que convirtió a mis amigas en zombis sin sesos.
-¿Crees que correr te servira de algo?-preguntó la voz del chico pelirrojo con sorna. Pasé de él, no me iba a girar, sabía que tarde o temprano perdería la paciencia y correría más deprisa.-Llevo días esperando haber si salía alguien por esa maldita puerta, ¡y que casualidad!, vas y sales tu, y por lo que veo me sirves más que antes-terminó la frase con una estúpida risotada.
Seguí corriendo, intentando aguantar las ganas de darme la vuelta y arrearle un mamporro, haciendo que por una vez estuviese calladito y no pudiese demostrar esa estupidez nata que parecía tener.

Mis pasos cada vez eran más lentos, me empezaba a cansar. Él fue bajando la velocidad, ya no se oía pasos rápidos, sino un lento caminar, pero su risa seguía estando ahí, ¿o tal vez solo era mi imaginación?

-Estás cansada, tendrás que parar en algún momento-dijo parandose de golpe. Su voz me sacó de mis pensamientos. En su voz se notaba una pizca de cansancio, estaba perdiendo la paciencia, y eso no era muy conveniente, pero seguí andando, intentando coger aire de algún sitio porque a mi no me quedaba. Un pequeño gruñido de rabai salió de su boca.-Mocosa-dijo para que yo lo oyera. Eso fue la gota que colmo el vaso, me giré y andé hacia él.
-Tú-dije señalandole con el dedo.-Repite eso-una sonrisa apareció en sus labios. ¡Mierda!, había caido en su sencilla trampa. ¿Cómo podía ser tan idiota?, me dije a mi misma cuando me cogió del brazo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Capítulo 11

Fue raro que Ninn no se hubiese preocupado por mi grito, pero pasé. Me estiré con pocas ganas y con lentitud. No tenía ganas de aguantar a Ninn y a su cara de cabreo.
Apoyé los pies sobre el frío suelo y me arrastré fuera de la cama. No se oía nada, ni la respiración de Ninn, ni el crujido de la cama, ni el aire dando contra la ventana. Me acerqué a la otra cama, no había nada, ni siquiera un bulto, no había nadie en la habitación.
-¿Ninn?-pregunté mirando debajo de la cama, nada, ni un sonido.
¿Está era su venganza?, yo que pensaba encontrarmela con un cuchillo en la mano y una sonrisa tétrica.
Abrí la puerta del cuarto, nada, no había nadie, miré al fondo del pasillo, solo se veía una pequeña sombra negra que no permitía ver el final.
-¿Hola?-pregunté no muy alto, intentando que no me temblara la voz. Nada, no se oía nada-.¿Hola?-dije mucho más alto. Algo pareció golpear con fuerza en una superficie sólida.
-¡Parad!-debía ser un grito, pero se oía muy alejado. Era la voz del viejo, pero no estaba solo, varios murmullos se oian, parecian quejas.
Las seguí, de algún sitio debian de provenir. Anduve por el interminable pasillo, las voces cada vez se oian más claras.
-¡No!, la chica ira fuera.-gritó una mujer.
-Pero es una niña-grito otra voz.
Por fin encontré de donde provenian esos gritos. Detrás de una gran puerta redonda, con toques de metal, se oian gritos y golpes de varias personas.
Puse la oreja detrás de la puerta.
-No, ella es...-era ota voz mucho más graves que las otras.
-Lo sé, no hace falta que lo recuerdes, pero también le debemos el respeto a su madre.
-Su madre fue tonta-esa maldita mujer, con voz aguda y chirriante. ¿Cómo se atrevía a insultar a mi madre?
-Cierra la boca-dijo la voz de otra persona.
Eso me estaba poniendo de los nervios, estaba decidida, iba a entrar. Empujé la pesada puerta que se abrió con un gran chirriar.
Cientos o miles de personas agrupados en torno a una mesa que parecía no tener fin. Todos soltaron una pequeña exclamación, al verme entrar con cara de cabreo, al haber escuchado todo.
-¡Sal de aquí!-dijo la mujer de la voz chillona-, una tía con el pelo negro, y ropa amarillenta..No eres biemvenida-dijo poniendose de pie y viniendo hacia mi.
-Ffi, para-dijo un hombre pelirrojo, que vestía de verde-.Es una niña, ella no tiene la culpa.
-Claro, ella tiene parte de la naturaleza, como no el elfito la tiene que ayudar.
-¡Parad!-grito el viejo.
-Yukon, ella no debe estar aquí, todos lo opinamos-dijo la mujer. Miró a toda la sala que asentía-.Menos los elfos y algunas ninfas-dijo mirando con asco a algunas personas de ropa demasiado colorida.
-No se va a ir, correria peligro, recuerdo que tiene la piedra-dijo el viejo levantandose de su asiento.
-Nosotros tenemos...-el viejo cortó a Ffi, con una mirada amenazadora.
-¿Qué teneis?-pregunté retandola con la mirada.
-Nada, no tenemos nada-dijo el viejo.
-Ni siquiera sabe que necesitamos de ella-dijo Ffi con una sonrisa amenazante.
-¿De mi?-pregunté entre asustada y divertida. ¿Que iban a querer de una niña?
-De ti y de esa piedra tuya.
Como esa repipi siguiese sonriendo, se quedaba sin dientes.
-Ffi, callate-dijo el viejo, agarrandola del brazo.
Ella se soltó y le miró con el más profundo odio que jamás había visto. De pronto su cuerpo empezó a cambiar, hasta combertirse en una leona, con alas y cabeza humana, es decir, una esfinge.
-No te atrevas, Yukon-dijo ella entre dientes. Yukon no respondió a esa amenaza, solo la miró con esos intensos ojos azules, y ella volvió a su forma humana-.Solo quieres la piedra, cargatela-dijo mirandome con sorna mientras se alejaba de él.
-¡Iros!-gritó el viejo. Todos parecieron sombras, desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos-.Sieto la escenita, pero tienen razón, no deberias estar aquí, pero fuera corres peligro.
-Lo sé, no parais de repetirlo-dije exasperada-.Ahora, ¿Qué quereis de mi?
-Solo la piedra, pero serias una buena espía del enemigo.
-Enemigo-dije masajeandome las sienes-.¿Contra quién luchais?
-Contra Él...-ya empezamos-...ya que Él solo quería una raza superior, no quería ni humanos, ni mezclas entre estos y nosotros.
-¿Por...?
-Solo quería venganza contra los humanos-le miré sin entender-.Desde la antigüedad los humanos han perseguido a su raza, porque pensaban que eran peligrosos.
-¿Qué raza?-pregunté para haber si colaba.
-Ya no debes de saber más.
-¡No!, esa chica dijo que teniais algo...-no continué ya que el se había quedado pálido al oir mi frase.
-Bueno..., la piedra que tu tienes está dividida en varias partes, no sé el número, solo tu madre lo sabe, nosotros hemos estado recolectando varias piedras.
Me sorprendí, ¿cuántas piedras podría haber?
-Ven, te lo enseñaré-dijo empezando a andar por el gran comedor.
Andó muy seguido por mi, hasta llegar a una pequeña puerta a la derecha de la mesa de piedra. La abrió con mucho cuidado, como si lo que hubiese dentro fuera el tesoro más valioso en todo el mundo. El interior de la habitación estaba oscuro, salvo por un pequeño resplandor azul. La luz provenía de una gran piedra, pero no estaba completa, todvía le faltaba bastante para estar totlamente completa.
Me acerqué a la pequña columna que sostenía la piedra y la rocé con las yemas de los dedos. Algo pasó en ese instante, algo me recorrió por dentro e hizo que la piedra emitiera menos luz, pero en el corazón de la piedra había luz y ¿una persona?
-¿Quién...?-pregunté señalando la sombra.
-La energía de tu madre se ha acumulado haciendo que se forme su cuerpo.
Me fijé bien, había algo más, era solo una sombra pero parecía una persona.
-No esta sola-dije señalando la pequeña sombra que había al otro extremo de la piedra.